El eco de las sirenas y el mar que no olvidamos en Rotary Club Ancud

El tiempo pareció detenerse por un instante este jueves 22 de mayo en la costanera de Ancud. Cuando el reloj marcó exactamente las 15:11 horas, el aire fue tomado por el agudo ulular de las sirenas del Cuerpo de Bomberos. No era una emergencia, sino el sonido de la memoria: a esa misma hora, un domingo 22 de mayo de 1960, la historia del sur de Chile cambió para siempre tras el cataclismo más grande registrado por la humanidad.

En ese marco de profundo respeto, los integrantes de Rotary Club Ancud, encabezados por su presidente Alex Laubscher Cárcamo, se congregaron en el Memorial de la costanera para depositar una ofrenda floral. El gesto, que ya se ha convertido en un rito de resiliencia comunitaria, cobró especial fuerza al cumplirse 12 años desde que la misma institución rotaria entregó este monolito de piedra cancagua al municipio local en 2014.

La cicatriz de un barrio que se llevó el mar

Para comprender la carga emocional de esta ofrenda, es necesario mirar hacia el pasado. Aquel 22 de mayo de 1960, el mega terremoto de magnitud 9.5 en la Escala Magnitud de Momento (Mw), el más violento registrado, golpeó con violencia la península, pero la verdadera tragedia para Ancud comenzó entre 30 y 45 minutos después del sismo.

El océano se recogió de forma descomunal, dejando a la vista el fondo marino de la bahía. En esos momentos, decenas de lanchas chilotas se encontraban faenando en plena temporada de extracción de ostras. Cuando la primera gran ola de más de cinco metros de altura entró rugiendo desde el Golfo Coronados, destruyó cerca de un centenar de embarcaciones y se cobró la vida de decenas de buzos y marineros cuyos cuerpos, en muchos casos, jamás fueron recuperados.

El golpe del maremoto borró por completo el histórico Barrio La Arena, un sector emblemático que se extendía por la actual costanera. Las casas de madera desfilaban sobre el agua «como buques en altamar», según relatan los testimonios de los sobrevivientes guardados en el Museo Regional.

El centro de la ciudad tampoco se salvó: la imponente catedral de la ciudad quedó tan dañada que tuvo que ser dinamitada semanas después, y el Palacio Episcopal fue consumido por un incendio devastador tras el sismo.

De las ruinas a la resiliencia

El cataclismo no solo destruyó infraestructura; hundió el suelo de Ancud de forma permanente, provocando que las altas mareas posteriores inundaran calles enteras durante meses. Sin embargo, la crónica de Ancud no es solo una de dolor, sino de reconstrucción.

De las familias que lo perdieron todo en el Barrio La Arena y los sectores inundados, nacieron con esfuerzo y apoyo internacional poblaciones emblemáticas de la comuna que hoy son el corazón de la ciudad, tales como: Población Inés de Bazán, Población 22 de Mayo y Población Caracoles.

Al depositar las flores en el monolito este jueves, Rotary Club Ancud y los vecinos presentes no solo recordaron a quienes partieron con el mar, sino también a la generación de chilotes que, con pala en mano y una resiliencia inquebrantable, levantaron a Ancud desde sus cimientos. La ofrenda floral, bajo el cielo transparente de mayo, es la promesa de que Ancud no olvida su historia.

También te podría gustar...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *